Mi madre nació en Villa del Rosario provincia de Cordoba, Argentina. Mi bisabuelo se llamaba Ramón María Varela y mi bisabuela, María Teresa Frontera. Al Bisabuelo le decían Tata y era un hombre de excesos, de buen comer, de buen copular y de buen dormir, pero sobre todo de buen trabajar. Trabajó en el ferrocarril poniendo el tendido de vías ferroviarias cuando los ingleses eran dueños de los ferrocarriles argentinos. Así que la bisabuela lavaba ropa de gringo por unos pesos junto con su cuñada Isabel. Algunos gringos exóticos me imagino yo.
Pero como decía el bisabuelo era un hombre de disfrute, tenía tres mujeres ( Francisca Ludueña, Elena Tejeda) y era amigo de una tribu de gitanos legendarios, de aquellos gitanos vistosos y elegantes de aventuras y carpas hermosas. Todos los años cuando llegaba la primavera ellos llegaban a Villa y Tata les prestaba sus tierras para que pusieran sus toldos. Entonces una fiesta estallaba por las noches, mágicas de antaño. Allá en el polvaderal. Mi madre me contó que sus fiestas estaban llenas de olores distintos, de fuertes aromas. Y que un casamiento duraba hasta el amanecer y más. Hermosa la novia con joyas de oro y fantacias de oropel, el tul del vestido tan teatral que hoy sería un ensueño.
Me dijo mamá que en una ocación mi abuela Ramona le hizo un vestidito divino rosado, en plumatí, un pimpollo era mi madre.
El año que mi bisabuelo murió llegaron los gitanos y el ya no estaba, y lloraron las mujeres gimiendo en su lengua arcana
